
Editado por Adolfo Lucas Maqueda
Liturgia viva
Liturgia viva es una ventana abierta al mundo desde la conciencia crítica y el sentido profundo de lo humano. Aquí confluyen actualidad, cultura y urbanidad, leídas con mirada despierta y palabra libre. No se trata solo de informar, sino de entender y transformar: una liturgia de la vida que no se resigna a la oscuridad.

El déficit teológico del episcopado español
En las últimas décadas, el episcopado español ha experimentado un deterioro evidente en su formación teológica y capacidad intelectual. Muchos de los obispos que se jubilan –y buena parte de los que permanecen en activo– carecen del bagaje doctrinal que caracterizó a generaciones anteriores. No se trata solo de estilos pastorales o de sensibilidades ideológicas; se trata de la ausencia de un pensamiento teológico sólido que, en otros tiempos, era requisito indispensable para el ministerio episcopal.
El contraste con el pasado es notorio. A lo largo del siglo XX, incluso en medio de tensiones internas, la Iglesia en España contó con figuras episcopales y teológicas capaces de dialogar con la cultura, defender la fe y articular una reflexión profunda: Tarancón, González Ruiz, Olegario González de Cardedal, o incluso prelados más conservadores como Rouco Varela, cuya formación jurídico-canónica le permitía sostener un discurso riguroso. Hoy, en cambio, encontramos un episcopado que, en gran medida, responde a un perfil meramente administrativo-pastoral, con escasa producción intelectual y mínima presencia en el debate teológico internacional.
La causa de este empobrecimiento tiene raíces estructurales. Roma, especialmente durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, optó por priorizar la lealtad y la capacidad de gestión sobre la competencia teológica. Los seminarios, debilitados por la crisis vocacional, rebajaron exigencias académicas para no desalentar candidatos, generando un clero con una formación superficial. La desconexión entre la jerarquía y el mundo universitario, tan presente en otros países europeos, se ha vuelto casi absoluta en España.
El resultado es visible en la reciente declaración de la Conferencia Episcopal Española sobre el fenómeno migratorio. El documento se apoya en un lenguaje propio de la sociología política y de la legislación internacional –"derechos humanos", "integración", "convivencia"–, pero apenas hace referencia explícita a Jesucristo, a la doctrina de la Iglesia o a la dimensión teológica de la acogida. La defensa de la dignidad de la persona humana, esencial en la tradición cristiana, se formula hoy con categorías seculares, diluyendo su fundamento en la revelación.
Esta sustitución del discurso teológico por un discurso de "buenismo" social refleja una crisis más profunda: muchos obispos desconocen –o ignoran– el patrimonio doctrinal que deberían custodiar. Un ejemplo simbólico es la casi inexistente referencia al Concilio de Nicea en el 1700 aniversario de su celebración, a pesar de que en él se definió la doctrina de la Trinidad, núcleo de la fe cristiana y dique frente a visiones religiosas incompatibles con el Evangelio, como el islam.
La misión de la Iglesia no es la de una ONG, ni la de un organismo de derechos humanos. Es la proclamación de Jesucristo, la custodia de la fe y la formación de las conciencias según la verdad revelada. Sin un episcopado teólogo, arraigado en la Escritura y la Tradición, y capaz de interpretar los desafíos actuales desde el Evangelio, la Iglesia española seguirá diluyéndose en el discurso político y perdiendo su identidad.
El pontificado del papa Francisco, marcado por una fuerte orientación hacia la política internacional, la ecología y el lenguaje de los derechos humanos, ha acelerado esta tendencia. En lugar de fortalecer la teología, ha favorecido un episcopado más sensible a las agendas sociales que a la predicación del kerigma. El resultado es una Iglesia que se pronuncia sobre casi todo, pero que cada vez dice menos sobre aquello que la define.
En este contexto, el futuro de la fe en España depende de que los próximos pastores no solo sean gerentes con un mínimo de prudencia, sino verdaderos teólogos, capaces de confesar con claridad y sin complejos que "Jesucristo es Señor", como proclamó la Iglesia en Nicea, y de traducir esa confesión a un mundo que ya no habla su lengua.


El Concilio de Nicea, un giro histórico

En su aniversario de 1700 años
El 20 de mayo del 325 d.C., la ciudad de Nicea, en la antigua región de Bitinia (hoy Turquía), fue testigo de un acontecimiento que marcaría el rumbo de la cristiandad: la inauguración del Primer Concilio Universal.
Pero, ¿por qué recordar un evento que ocurrió hace diecisiete siglos? La respuesta está en el impacto que tuvo en la Iglesia y en la identidad del cristianismo. Hasta entonces, los obispos celebraban reuniones para discutir cuestiones de fe y organización, pero nunca se había convocado un concilio de alcance global.
El emperador Constantino, quien buscaba consolidar la unidad del imperio bajo una sola doctrina cristiana, tomó la iniciativa y reunió a cientos de obispos de Oriente y Occidente. De los 1.800 jerarcas invitados, solo 250-300 llegaron a Nicea. Entre ellos, representantes del obispo de Roma y el influyente Osio de Córdoba, consejero teológico del emperador.
El evento comenzó con una ceremonia majestuosa presidida por el propio Constantino y su corte imperial. Durante un mes de intensos debates, los líderes religiosos discutieron cuestiones clave para la fe cristiana. La principal de ellas era un conflicto teológico que amenazaba con dividir la Iglesia: la herejía arriana. Arrio, un presbítero de Alejandría, defendía la idea de que Cristo no era Dios, sino una criatura creada por el Padre, negando así su divinidad. Esta doctrina generó un profundo cisma que obligó a la Iglesia a tomar una decisión definitiva.
La mayoría de los obispos rechazaron la enseñanza de Arrio, estableciendo que Cristo es consustancial al Padre, es decir, de la misma naturaleza divina. Fue en este contexto donde ocurrió una de las anécdotas más legendarias del concilio: San Nicolás de Myra, conocido por su caridad, perdió la paciencia al escuchar las afirmaciones de Arrio y, según la tradición, le propinó una bofetada en plena sesión. Un gesto que, aunque no está documentado oficialmente, refleja la intensidad con la que se defendía la doctrina cristiana.
Los frutos de este concilio fueron trascendentales:
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Se redactó la primera parte del Credo Niceno, estableciendo una doctrina cristiana uniforme.
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Se fijó una fecha común para la celebración de la Pascua.
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Se promulgó el primer derecho canónico, dando estructura legal a la Iglesia.
Para facilitar la asistencia, cada obispo recibió transporte y alojamiento gratuito, además de poder viajar acompañado por sacerdotes y diáconos. El cierre del Concilio fue un gran banquete imperial, cortesía de Constantino.
El Concilio de Nicea sentó las bases de la tradición cristiana tal y como la conocemos hoy. A 1.700 años de distancia, su legado sigue vivo.


Icono Acheropita del Salvador